Por Andrés Rojo T.
El Mapocho, viernes 5 de marzo de 2010
Para quien intente conocer Chile y comprender a los chilenos, resulta esencial entender que este es un país sísmico. Desde que existen mediciones objetivas una parte importante de los principales terremotos en el planeta han ocurrido en Chile. Eso significa que, aun cuando no sean frecuentes.
En este país se vive con la amenaza de que, en cualquier momento, todo se venga abajo. Vivir bajo esas condiciones produce varios efectos en la idiosincrasia.
Primero, el fatalismo, un fatalismo combinado con un sentido del humor negro para esperar siempre lo peor, sabiendo además que no se trata de un temor sino de una certeza.
Segundo, estar dispuestos a empezar de nuevo, con un optimismo a prueba de balas. Agregando mayores medidas de seguridad, se vuelve a construir de nuevo donde mismo o en el valle contiguo, y nadie se va del país porque el suelo se mueva de vez en cuando.
Luego, hay que consignar la solidaridad. Es habitual que se ponga en duda la existencia de este valor, en especial cuando pasa mucho tiempo sin que se ponga en práctica, pero basta el reacomodo de los elementos para que toda la gente entienda que cada uno por separado no puede volver a levantar su casa y ello lleva a que la recuperación sea una tarea asumida por el conjunto de la sociedad.
El terremoto reciente, sin embargo, es el primero que sorprende al país en un momento de particular individualismo y representa en sí un desafío entre la tradicional solidaridad y la novedosa tendencia al aislamiento social.
Cuarto, la modestia, que también choca con el exitismo de los últimos años. Un país en el que las casas se vienen al suelo no es un país en el que sea posible hacer planes de largo plazo. La precariedad es una regla permanente que no puede ser dejada de lado y marca el carácter nacional.
Por último, todo lo anterior conduce al realismo. Es absurdo construir palacetes que pueden derrumbarse en un sismo, y los que se intentaron en el pasado hace tiempo ya que se diluyeron como escombros.
A pesar de que se adopten todas las medidas preventivas, estas se diseñan -y no puede ser de otra forma- como probabilidades de defensa frente a la fuerza de la naturaleza. Es inviable económicamente construir viviendas que puedan resistir cualquier desastre. La reparación y la reposición son más baratas que la seguridad absoluta, pero eso significa asumir que el ser humano no puede dominar la naturaleza.
El gran terremoto anterior, hace exactamente un cuarto de siglo en el mismo último fin de semana de las vacaciones, se produjo justo cuando Chile iniciaba lo que ha sido su período más productivo desde el punto de vista económico, y si alguien ilusamente llegó a pensar que el ser humano había logrado ponerse al margen de la voluntad de la naturaleza gracias al despliegue de ostentación y consumismo de que se ha venido haciendo gala, tiene que haberse dado cuenta que este nuevo terremoto nos ha devuelto a lo que siempre hemos sido: Un país que está siempre por construirse; que está hecho a medias; que depende más de la voluntad de sus habitantes que de sus riquezas naturales o de la especulación de la globalización. Como bien nos recuerda Nicanor Parra: “Creemos ser país y la verdad es que somos apenas paisaje”.
Andrés Rojo T.
Periodista
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